TAUROMAQUIA, ESPECISMO Y LAS VÍCTIMAS DE UNA TRADICIÓN INJUSTA

El toro es un individuo con complejas emociones y sentimientos, es consciente de su entorno y de lo que le sucede, posee habilidades cognitivas. Es un animal gregario que vive en grupos sociales matriarcales, solo no podría sobrevivir; además, reconoce a los miembros de su familia y a otros animales. Como cualquier individuo que posee un sistema nervioso central, el toro tiene la capacidad no solo de sentir placer, sino también dolor.

De la misma forma que todos los animales, el toro tiene intereses propios, como no ser dañado ni física, ni mentalmente y vivir en libertad. Los intereses del resto de animales son tan importantes como los nuestros, anteponer nuestros intereses al de los toros u otros animales es una posición especista. El especismo es el sistema de opresión que considera los intereses de los humanos sobre los intereses de los demás animales, imponiendo sobre ellos el estatus de propiedad, mercancía u objeto.

A diferencia de lo que sostienen quienes defienden la tauromaquia, el toro utilizado para la lidia no es un animal bravo; por el contrario, es alguien pacífico y sensible que prefiere evadir la lucha y evitar la confrontación hasta que sea forzado al combate. Sólo en el momento en que no tenga otra alternativa peleará por su vida.

La industria de la tauromaquia.

México, Perú, Venezuela, Colombia, Ecuador, España, Francia y Portugal son los ocho países del mundo en los que se practica la tauromaquia y es una actividad regulada y legal. Sin embargo, aunque sea una actividad legal, ésta no justifica la injusticia a la que son sometidos no sólo los toros, sino también otros animales que son usados y abusados por la tauromaquia. En México (de acuerdo a cifras de la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia) esta actividad especista cobra la vida de 4,500 toros al año, sin contar la muerte de novillos, becerros, vaquillas y caballos. Ahora bien, a nivel mundial, no se tiene una cifra exacta de los toros que son ejecutados en la industria de la tauromaquia, pero algunas cifras declaran que son 250,000 animales.

Dentro de las ganaderías.

Dicen que los toros de lidia viven vidas idílicas en las grandes dehesas o en los ranchos ganaderos; sin embargo, al interior de las ganaderías se llevan prácticas que implican violencia sistematizada en contra de los animales, provocando daños físicos y mentales. Una de las principales formas de violencia hacia los toros es forzarlos a nacer con el objetivo de utilizarlos en espectáculos taurinos, de esta forma se violentan sus derechos, ya que son considerados recursos y no individuos.

Todas las ganaderías que crían toros para ser lidiados llevan a cabo procesos de selección que implican, por un lado, la elección del toro a quien denominan semental y, por otro lado, la vaca que, a su vez, ha sido elegida por sus características conductuales con la finalidad de engendrar los individuos que serán la próxima generación de toros y vacas.

Los ganaderos buscan reproducir el mayor número de animales machos con determinadas particularidades para que, en su momento, sean enviados a las corridas y novilladas. Sin embargo, no todos los animales que se crían en las ganaderías de este tipo son machos, también hay hembras, o bien, siendo machos no poseen las características de bravura y trapío. Por esta razón, el destino de las hembras y los machos -a quienes los criadores denominan ‘desechos’ porque no son “aptos” para la lidia o para ser madres - son utilizados en otros eventos taurinos como los encierros, mojigangas, romerías y festivales de enanitos toreros. Al final, en el momento en el que los toros y las vaquillas no sean más útiles para los explotadores, serán enviados al matadero.

Sofía Dumat, Tauromaquia, Explotaciónanimal, Fotografía
Sofía Dumat, Tauromaquia, Explotaciónanimal, Fotografía

La marca de fuego.

Antes de cumplir el año de vida, los pequeños becerros son sometidos a la marca de fuego, un procedimiento violento y sumamente doloroso que es llevado a cabo sin anestesia e inflige mucho estrés, ya que son separados de sus madres; este último acto es conocido como el ‘deshijadero’. Así, los terneros son derribados en el suelo y son sujetados por varias personas que atan sus piernas con un lazo y sus cuerpos son marcados, numerados y señalados. La marca de fuego corresponde al hierro de la ganadería y al número que se les asigna como estatus de propiedad; además en su oreja se le practican cortes que indican la ganadería a la que pertenecen.

Otras prácticas violentas que se llevan dentro de las ganaderías son las tientas de vaquillas de dos a tres años de vida o a los toros machos de dos años donde se intenta probar su bravura, al pasarlos por la prueba del caballo que consiste clavarles la puya de tienta. Las lidias a puerta cerrada en las ganaderías donde entrenan los toreros, novilleros, picadores, rejoneadores, banderilleros. Enfundar los cuernos para que los toros no se dañen sus pitones o evitar lesiones por peleas con otros individuos. El transporte que consiste en embarcar, desembarcar a los toros cuando son transportados.

Las demás víctimas de la tauromaquia.

La tauromaquia utiliza a los caballos con diversos fines: para someter al toro en el tercio de varas, en el rejoneo y, por último, en el arrastre (para arrastrar a los toros hacia el patio de arrastre o al destazadero, además de caballos en algunas plazas son utilizadas mulas).

En la suerte de varas, a los caballos que son usados para que el picador introduzca la puya se les cubren los oídos y los ojos, se les coloca un peto con un peso entre 25 y 28 kilogramos y el estribo que pesa aproximadamente 30 kilogramos; al mismo tiempo tienen que cargar la montura y al picador. Los caballos también son expuestos a un entorno hostil que les produce daños físicos y mentales. En este sentido, se les arriesga al embiste del toro que les ocasiona traumatismos físicos como heridas que se complican con infecciones y lesiones, provocando, a su vez, la muerte. De igual forma, se les arriesga a caídas de las cuales les cuesta mucho trabajo levantarse e incluso mueren eviscerados por las cornadas. Aunado a lo anterior está el profundo estrés psicológico.

Sofía Dumat, Tauromaquia, Explotaciónanimal, Fotografía
Sofía Dumat, Tauromaquia, Explotaciónanimal, Fotografía

El toro sí siente.

Uno de los argumentos más utilizados por los taurófilos ha sido que ‘el toro no siente’, incluso han llegado a aseverar que el toro segrega tantas hormonas, que éstas inhiben el dolor. Aunado a lo anterior para justificar la actividad especista de la tauromaquia, hay quienes se han atrevido a decir que el toro siente placer cuando se le provocan lesiones con todos estos instrumentos de tormento, lo cual es una falacia. Diversos dictámenes a nivel mundial como el realizado por la Dra. Beatriz Vanda Cantón y sus colegas en la Universidad Nacional Autónoma de México, revelan que el cuerpo del toro, al someterlo a la lidia, genera mecanismos de defensa ante el estrés; ya que se encuentra en peligro su vida y las reacciones fisiológicas visibles son su respuesta de supervivencia: prepararse para escapar, para luchar y para calmar el dolor, no para inhibirlo. Aquí el testimonio:

«Sí, el estrés nos hace liberar adrenalina, la adrenalina aumenta la presión arterial del toro con el fin de que mantenga oxigenación en el cerebro y en órganos vitales, pero también se libera el cortisol para que suba la glucosa y tenga energía para seguir aguantando, huyendo o combatiendo, esto le provoca aumento de la frecuencia cardiaca sobre la presión arterial y entonces también empieza a hiperventilar, por eso los ollares se ven así como que abre y cierra las aletas de la nariz y que nos hace creer que está enojado, no, no está enojado, tiene miedo y está hiperventilando porque está entrando en acidosis por todo el esfuerzo físico que está haciendo».

Como cualquier animal humano y no humano, el toro manifiesta el dolor y diversos estados emocionales negativos como el miedo, la angustia, la frustración y la depresión a través de sus expresiones corporales y su voz. Expresiones de dolor y sufrimiento mental son la contractura de los músculos faciales, los ojos desorbitados (mostrando mayor área blanca del ojo), la posición de la cabeza (entre más profundo sea el dolor más abajo queda de la línea horizontal de su cuerpo), la espalda arqueada, las orejas caídas, el jadear y el mugir.

El destazadero.

El destazadero son las instalaciones en las plazas en donde los toros son degollados, exanguinados, desollados y destazados para venderlos como alimento. Ninguna plaza de toros en México cuenta con un rastro con las especificaciones que marca la norma oficial mexicana NOM-194-SSA1-2004. Sin embargo, algunas plazas cuentan con estas zonas de faenado las cuales son solo espacios amplios, ventilados, con agua abundante, piso impermeable y con ganchos de hierro; otras plazas, degollan y exanguinan a los toros en el suelo aplastando su panza; ahí mismo los despellejan y posteriormente cuelgan sus restos en un camión o camioneta.

En el destazadero los toros son exanguinados o desangrados, lo cual significa que el toro se encuentra con vida. Los toros no mueren siempre en el ruedo, en el ruedo sólo los inmovilizan; están vivos cuando las mulas o los caballos, quienes son utilizados para el arrastre, los llevan hacia la zona de faenado de la plaza o el estacionamiento que sirve como tal.

El legado, la normalización de la violencia.

El especismo se transmite en automático a nuevas generaciones, normalizando el uso de los demás animales, normalizando la explotación, la dominación, la violencia y el asesinato. Desde nuestro nacimiento nos han enseñado a utilizar a quienes son diferentes a nosotros por pertenecer a otra especie, generando una barrera, la barrera del especismo que no nos permite cuestionarnos el hecho de considerar los intereses de los animales de otras especies ni sus necesidades y deseos.

La tauromaquia se transmite como una tradición por parte de los padres, los abuelos, la familia y el núcleo social al que se pertenece, formando una identidad cultural sumamente difícil de cuestionar, porque eso es lo que se ha mamado desde la infancia, desde ese núcleo familiar. Por lo tanto, un pequeño reconoce a un torero no como quien arrebata injustamente la vida del toro, sino como un maestro, una ‘figura’, alguien valiente que enfrenta a un animal considerado bravo, arriesgando su vida, así se lo heredaron sus padres, así lo aprendió.

Si desde pequeño o pequeña te han inculcado que no hay nada de malo en utilizar y matar un toro, normalizas y justificas la violencia; entonces tú quieres ser como ese hombre vestido de luces a quien admiras.

La tauromaquia es una práctica especista defendida tras el argumento de expresión cultural y su aparente profundo amor al toro de quien dicen es el ‘eje de la fiesta’, y quizá en su ideario quepa esta connotación cultural y romántica. Sin embargo, la tauromaquia es una expresión de dominación en la que su único interés es el mantener una tradición que utiliza e inflige daños físicos y mentales hasta la muerte no solo a los toros sino a otros animales. Y en esta romantización de la violencia sería conveniente que los taurinos se cuestionaran ¿cómo es que pueden amar a los toros y al mismo tiempo someterlos, al mismo tiempo torturarlos, al mismo tiempo arrebatarles la vida?

Trabajo realizado por Sofía Dumat

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